Era cobarde.

Y entonces me armé de valor y abrí la puerta para bajar de nuevo a ese sótano frío y lúgubre en el cual guardaba, entre otras cosas, viejos recuerdos, que de sólo pensar que se encontraban ahí me producía una sensación extraña, como si fuera otra persona la que se encuentra ahí, como si estuviera en un sueño. Pero no, eso no era lo importante, en realidad iba en busca de algo que tenía oculto, y que llevaba ahí, a lo mucho un par de años. Mientras pisaba los escalones, que rechinaban horriblemente, iba tratando de recordar dónde lo había guardado. Un viejo Webley heredado. Era la cosa más bella que había visto, y estaba escondido en una hermosa caja de ébano que hacía  juego con su color. Ahí se encontraban las cosas que alguna vez fueron valiosas para mi, y entre cajas de cartón, polvo y suciedad se encontraba mi preciado revólver. ¿Por qué lo escondí ahí? Tenía miedo. Miedo de que él se enterara de lo que yo tenía en mi poder. Prácticamente tenía en mis manos su vida, mi vida, y la de nuestros seres queridos, y si él llegara a darse cuenta de que tenía algo así escondido en nuestra casa, nunca me lo perdonaría, y creo que la causa principal eran mis frecuentes visitas al psiquiatra. Pero yo me sentía bien, me sentía completa y feliz, o al menos eso era lo que ellos alcanzaban a percibir. Lo tomé en mis manos, estaba helado, lo cual me produjo una ola de escalofríos que bajaron por mi espalda. Lo volví a colocar en su caja y me lo llevé a la sala de estar. Me acomodé en mi sillón favorito con la caja sobre las piernas. De nuevo tomé el revólver, le quité el seguro y lo apunté a mi sien.  Y entonces jalé del gatillo.

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